Disociación
Una exploración educativa de la disociación, sus manifestaciones cotidianas, su historia y su relación con experiencias abrumadoras.
By Iveta Upeniece
Qué es la disociación
La disociación es un mecanismo de defensa psicológico en el que la conciencia, la memoria, el sentido de identidad o la percepción se separan del flujo normal e integrado de la experiencia. Crea distancia frente a algo abrumador — un momento, un recuerdo o el cuerpo — cuando no es posible escapar físicamente. Aquello de lo que no se puede huir se abandona, de algún modo, desde dentro.
El espectro es amplio. En su forma más leve puede parecerse a soñar despierta, perderse en un libro o desconectarse de una conversación aburrida. Más adelante puede incluir despersonalización, desrealización y lagunas de memoria de periodos traumáticos. En formas crónicas y graves, la disociación prolongada en la infancia puede contribuir a la fragmentación de la identidad.
Cómo puede aparecer en la vida diaria
La disociación suele pasar desapercibida. Puede parecer que una persona completa una tarea — conducir, cocinar o atravesar una conversación difícil — y después no recuerda haberla realizado. Puede parecer una falta de emoción ante situaciones que deberían provocar sentimientos intensos, una sensación persistente de irrealidad o hablar de la propia experiencia como si le hubiera ocurrido a otra persona.
No son señales de debilidad ni de una fragilidad inusual. Pueden ser la forma en que el sistema nervioso crea distancia cuando ni luchar ni huir era posible.
Historia del concepto
Las raíces del concepto se encuentran en la Francia de finales del siglo XIX y en el estudio de la histeria, una de las primeras perspectivas para comprender el trauma antes de que esa palabra tuviera su significado moderno. Pierre Janet, filósofo y psiquiatra francés que trabajaba en el hospital de la Salpêtrière de París, desarrolló el concepto de forma sistemática en su tesis doctoral de 1889, L’automatisme psychologique. Describió la disgregación psicológica: recuerdos, sensaciones o funciones que se separan del flujo principal de la conciencia y continúan existiendo como sistemas psíquicos aislados fuera de la conciencia.
Janet trabajó en diálogo con Charcot, Freud y Breuer. Freud desarrolló el lenguaje de la represión y el conflicto, mientras Janet mantuvo la disociación como modelo central: la mente puede fracturarse bajo una presión abrumadora, en vez de limitarse a ocultar un material prohibido.
Durante gran parte del siglo XX, el modelo de Janet quedó eclipsado por el psicoanálisis y la psiquiatría biológica. Resurgió en las décadas de 1970 y 1980 gracias al reconocimiento del abuso crónico en la infancia y al estudio de los veteranos de Vietnam, que contribuyó al reconocimiento formal del TEPT en el DSM-III de 1980. Los trabajos de Judith Herman, Bessel van der Kolk y Onno van der Hart ayudaron a devolver la disociación al centro de los estudios sobre trauma.
Hoy la disociación se entiende dentro de un modelo más amplio de respuestas ante la amenaza. La lucha y la huida movilizan, mientras que la disociación, junto con la respuesta de congelación, puede aparecer cuando ni luchar ni huir es posible. Entonces la mente separa la conciencia de aquello que de otro modo no podría soportarse.
Una película que lo muestra
Jacob’s Ladder (1990, dirigida por Adrian Lyne) se cita con frecuencia en contextos clínicos y de literatura sobre trauma por mostrar desde dentro de una mente traumatizada la alteración del tiempo, la realidad y la identidad.
Una opción más suave es The Tale (2018, dirigida por Jennifer Fox), que retrata a una mujer enfrentándose a un recuerdo infantil distorsionado y a la distancia entre la adulta que narra su pasado y la niña que realmente lo vivió.